El circo del Valle de los Caídos

Durante los últimos meses estamos asistiendo a una especie de “circo” del Valle de los Caídos, en el que se ha atrancado la idea de sacar al dictador de su mausoleo. Para mí, se trata de un circo de tres pistas.

Por un lado, una pista en la que los apólogos del franquismo, los defensores de la figura del dictador, de sus “logros”, los militares que firman manifiestos favorables a su figura, o la fundación que lleva su nombre, se pasean por los platós de televisión, por tertulias o por la prensa escrita, sin ningún reparo, mintiendo sin ningún pudor para intentar “blanquear” la figura del dictador.

En otra pista, llena de presuntos periodistas, supuestos tertulianos y directores de medios de comunicación, despachan su propaganda, con el mismo objetivo que los anteriores, pero disimulando su apología con supuestos hechos históricos, a través de una “pseudo-historia” que demuestra sus intentos de aplicar un revisionismo histórico sin matices.

Finalmente, en la pista central de este circo mediático, los políticos de diversas tendencias y partidos políticos, empeñados en convertirse en los maestros de ceremonias de este circo, aunque en ocasiones sus peregrinas propuestas no los hacen los más aptos, sino es como los payasos de la función. Por ejemplo, la idea de convertir el Valle en un centro de reconciliación, o en un Auschwitz español, planteadas por algunos de nuestros políticos, dejan de lado el hecho de que se trata de un lugar con una inmensa carga simbólica e ideológica. Otros se hacen fotos y hacen declaraciones en auténticos centros memorialistas en el extranjero, o acuden a homenajes a republicanos españoles en Francia, pero se escudan en normas legales a la hora de homenajearlos en España.

cropped-kz-mauthausen-51.jpgTodo esto aderezado con un malabarismo constante de goteo de noticias, manifestaciones y “teatrillos” en los que algunos personajes de lo más estrafalario hacen gala de su neo-franquismo más rancio para ensalzar al dictador, defender sus “obras” y que “el Valle no se toca”. Algunas de esas declaraciones, que se extienden por las redes sociales, serían para reír, por su esperpéntica simbología, si no se tratase de un tema y de un momento tan serio e importante.

Sin embargo, fuera de estos aspectos más mediáticos, lo que deberíamos plantearnos es el hecho de que, si el franquismo fuera, realmente, cosa del pasado, como muchos intentan hacernos creer, no habría tanta resistencia a quitar sus símbolos, a sacar sus restos del Valle. También es evidente que la dictadura aún cohesiona a determinados sectores de la sociedad que, en muchos casos, son fácilmente manipulables por algunos de esos políticos de la “pista central” del circo mediático.

Y, mientras sigue el debate, se habla constantemente de Franco y del Valle de los Caídos, pero se habla muy poco de reparar a las víctimas, algo que todos los gobiernos españoles, sean del signo que sean, han dejado de lado. Y también se ha de tener en cuenta que, aunque se exhume al dictador, los restos de su dictadura perdurarán durante mucho tiempo entre nosotros.

La reparación de las víctimas de la dictadura no será posible mientras Franco siga en el Valle de los Caídos, mientras sigan los desaparecidos en las cunetas, mientras no se anulen las injustas sentencias de los tribunales franquistas, sentencias contra personas que sólo tenían una ideología o un estilo de vida diferente al impuesto por la dictadura. La reparación pasa por reconocer la violencia física, económica, cultural, política, social, etc., que marcó la vida de dos generaciones de españoles, mientras miles de familias no podían llorar a sus muertos, dándoles sepultura.

El ejemplo de estas sentencias es esclarecedor. Las sentencias de los tribunales franquistas deberían anularse, como se hizo en Alemania en su momento, porque estaban fuera de un ordenamiento jurídico democrático. Por ejemplo, tras el comienzo de la Guerra Civil y tras la victoria, durante la dictadura, los golpistas consideraron rebeldes a todos aquellos que se habían opuesto a la sublevación y habían mantenido su defensa de los valores democráticos republicanos. Con ese pretexto se hizo desaparecer a miles de personas que no habían tenido, como se señala ahora, “delitos de sangre”: intelectuales, maestros, científicos, sindicalistas, alcaldes, médicos, boticarios, etc. Es decir, acabar con todos los grupos sociales que habían llevado progreso, educación, y pensamiento a los pueblos de España.

Además, todas sentencias de muerte de los tribunales del régimen franquista tuvieron el visto bueno de Franco, como jefe del Estado, con lo cual se convirtió en el máximo responsable del genocidio. Y ahora resulta intolerable que en una sociedad democrática se siga defendiendo su figura. No es posible ahora, como pretenden algunos en el “circo”, blanquear las acciones y los delitos del dictador, apelando a una demagogia que sólo busca mantener unos privilegios obsoletos de algunos sectores.

Por eso creo que no es suficiente sacar los restos del dictador de su mausoleo. Por higiene democrática, bastante perjudicada en los últimos años, debería comenzar a pensarse en la necesidad de legislar para poder erradicar la apología del franquismo y del fascismo, y cualquier manifestación pública de enaltecimiento del dictador, tal como se ha hecho en Europa. En Alemania el código penal prohíbe expresamente la producción, distribución y exhibición de símbolos del Nazismo, igual que la negación del Holocausto; también se castiga la glorificación del Tercer Reich, como un “delito de incitación a la xenofobia”. Somos el único país de Europa en que no se honra a las víctimas del fascismo y se sigue defendiendo a los franquistas. Un auténtico proceso de eliminación del pasado franquista en España tendría, a la larga, muy buenas consecuencias para la sociedad española, porque permitiría el desarrollo de una cultura, conciencia y educación política democrática, que nos ha faltado hasta ahora. A lo largo de su historia, Alemania ha creado lugares donde se rinde homenaje a las víctimas del Nazismo, como el Monumento a los Judíos de Europa Asesinados, de Berlín, o los memoriales en los antiguos campos de concentración de Alemania (como Dachau, Sachsenhausen, Buchenwald, Ravensbrück, por ejemplo), o los centros documentales en los que se investiga ese pasado.

Y lo mismo con el revisionismo: mientras que en el resto de Europa las tendencias revisionistas sobre el Holocausto o el Nazismo son perseguidas penalmente, en España tenemos una total impunidad del negacionismo de los crímenes del franquismo. Este revisionismo tergiversa la historia sólo con el objetivo final de legitimar el franquismo y su herencia. Frente a esto, hay que plantear los hechos tal y como son: Franco dio un golpe de Estado contra un régimen republicano democráticamente elegido. No se puede falsear la realidad para intentar legitimar la sublevación y sus horribles consecuencias. La falta de reconocimiento y de memoria, la ausencia de homenajes oficiales, sería una falta impensable en cualquier otro país de Europa, igual que lo es mantener a un dictador en un mausoleo financiado con dinero público. No es posible que se mantenga la impunidad sobre las desapariciones del franquismo. El mantenimiento de la memoria histórica no tiene ninguna finalidad revanchista, sino una reivindicación de justicia, de defensa de los derechos humanos.

En España hace falta una ruptura clara con el pasado franquista, para desarrollar la cultura política española: España no rompió con la dictadura, sino que fue algo gradual, negociado, a través de la Transición. Pero también ha cambiado nuestra sociedad, que debería transformar nuestra concepción del pasado reciente del franquismo.

Y ¿qué hacemos, pues, con el Valle de los Caídos?

Creo que lo más importante, a día de hoy, es encontrar una solución que implique un auténtico debate abierto y plural con las asociaciones memorialistas, para intentar transformarlo en un auténtico memorial, en un centro de interpretación del franquismo, convertirlo en un auténtico espacio memorial sobre lo que representó el franquismo, para no olvidar su significado, y para garantizar que, a través de la educación de las nuevas generaciones, no pueda suceder algo así de nuevo. Desde mi punto de vista, sólo esta función justificaría, mínimamente, el mantenimiento del Valle de los Caídos. Y, evidentemente, la desacralización del templo en sí mismo.

Debemos evitar que pase como en el pasado, donde los gobiernos anteriores, a menudo, han buscado erradicar las memorias del pasado fascistas eliminando algunos de los sitios de persecución y represión, como en el caso de la cárcel de Carabanchel.

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