El veneno del Fascismo se expande por Europa

Desde hace unos años, el fascismo campa de nuevo a sus anchas por Europa, aunque sea disfrazado de populismo, liberalismo y ultraderecha, amenazando, nuevamente, nuestra sociedad. Esto lo ha demostrado un partido como Vox, que este fin de semana ha conseguido reunir en un mitin a más de 10.000 personas con su mensaje xenófobo, retrógrado, antidemocrático y nostálgico.

Rob Riesmen ha señalado que “el fascismo es el cultivo político de nuestros peores sentimientos irracionales: el resentimiento, el odio, la xenofobia, el deseo de poder y el miedo”. En estos años, y en algunos casos por primera vez en la historia, algunos partidos fascistas y de extrema derecha han llegado a gobiernos y parlamentos de toda Europa, Polonia, Hungría, Suecia, Italia, Francia, etc.

Evidentemente, no estamos hablando de la imagen del fascismo que tenemos, basada en el relato de los horrores de los años 1930-1940, sino del discurso, más o menos encubierto, más o menos público, que busca crear partidos políticos, gobiernos y mayorías parlamentarias basadas en unos ideales totalmente antidemocráticos. En este sentido debemos asumir lo que algunos pensadores ya vienen señalando desde hace años, y es que nuestras democracias no son maduras porque, una y otra vez, hemos ignorado las lecciones de la historia. Tenemos una democracia en la que hemos dejado de cultivar sus valores más importantes, como la educación o la cultura, la solidaridad, etc.

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Estand de Pegida en la Marienplatz de Múnich

 

Y en esta tendencia europea, España ni mucho menos va a ser una excepción, a pesar de la experiencia de la Guerra Civil y de la dictadura franquista. Basta con ver el ejemplo de Alemania donde, a pesar de la experiencia del nazismo y del Holocausto, han aparecido diversos partidos políticos y movimientos políticos y sociales, como Alternative für Deutschland o Pegida, que demuestran abierta y orgullosamente su fascismo y que han entrado (en el caso de AfD) en el Parlamento, por primera vez. Es por eso que podemos decir que el veneno del fascismo se está expandiendo otra vez por Europa.

Para intentar buscar una solución, lo primero que tenemos que hacer es reconocer el problema y no pensar que lo que está pasando en otros países no nos pasará a nosotros: estamos ante un fenómeno de ámbito global. Debemos recuperar nuestra esencia democrática, asumiendo que la sociedad tiene una responsabilidad global, y nosotros una responsabilidad individual. No hay que dar por sentada la existencia de la democracia, sino que debemos tener presente que es algo que cada generación tiene que valorar, cultivar y garantizar para la próxima generación.

Frente a esto, nuestra clase política, instalada siempre en el “cortoplacismo” electoral, se ha convertido en un actor político centrado en sí mismo, pensando sólo en el poder y cómo mantenerse apegado a él. Para conseguir que esta situación cambie deberíamos plantearnos que todos deberíamos asumir nuestra parte de responsabilidad moral y política.

Riemen afirma que en la “democracia de masas actual” predominan los “valores comerciales: eficiencia, productividad y beneficios”. Y también señala que cuando se fomenta el odio y el miedo constantemente, y señalas a otros como culpables (sean inmigrantes, minorías, etc.), cuando la sociedad se ve golpeada por la crisis económica, cuando surge la inseguridad de las personas, acaba surgiendo la violencia. A esto hay que enfrentar la idea de que la principal riqueza de Europa es su enorme diversidad de tradiciones, idiomas, historias, memorias, culturas, etc.

Si el fascismo sigue ahí, bien presente, es porque nunca se le acaba de derrotar: si no se combate, si no se hace trabajo educativo y preventivo, el fascismo siempre resurge. Para evitarlo, combatirlo, hay que ser conscientes de su existencia. Riemen considera que el fascismo no es el contrario de la democracia, sino “su hijo bastardo”. El germen del fascismo no está en fenómenos coyunturales, como la crisis económica (aunque puedan influir), sino en los mismos miembros de la sociedad. Por tanto, la clave de su surgimiento continuo radicaría en la voluntad del poder.

Robert O. Paxton señaló que, en el siglo XXI, los fascismos no se pondrían la etiqueta “fascista”, y así está siendo. Los partidos políticos que ahora podemos encuadrar en ese concepto se caracterizan por su xenofobia y racismo, por su liderazgo carismático y por el deseo de movilizar a las masas, basándose en el resentimiento contra el enemigo, contra el “otro”, sea externo o interno. Pero tampoco podemos considerar que todo aquello que resulta poco democrático pueda calificarse de fascismo, porque complicaría mucho el análisis de ese fenómeno social y político.

Desde hace décadas, la situación política de Europa ha cambiado radicalmente, y ha permitido que la extrema derecha exprese sus opiniones sin límites, con unos programas políticos al que responden y votan millones de ciudadanos.

La historia y la memoria siempre han buscado ser monopolizadas por el poder, para poder utilizarlas como factor de legitimación de su poder. Por eso, nuestra tarea es recuperar los testimonios y experiencias que deben servirnos para reconstruir los hechos, pero también para analizar cómo se vivieron determinados acontecimientos históricos. Para ello, es necesario que determinados grupos sociales, las mayorías olvidadas, puedan aportar y recuperar sus propios conocimientos y experiencias.

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