Kristallnacht. Primer paso del Holocausto

Se cumple el ochenta aniversario de la Kristallnacht, también conocida como Noche de los Cristales Rotos o Reichsprogromnacht, cuando en la Alemania nazi se produjo, en la noche del 9 al 10 de noviembre de 1938 un prógrom llevado a cabo por las SA y civiles alemanes, mientras las autoridades alemanas observaban los hechos, sin intervenir. El nombre de Kristallnacht proviene de la gran cantidad de vidrios rotos que se acumularon en las calles de las ciudades alemanas, tras la destrucción de las tiendas, almacenes, edificios y sinagogas judías destrozadas.

Las estimaciones sobre el número de víctimas causadas por el prógrom han variado, según los informes de los historiadores. Los informes iniciales estimaron que 91 judíos fueron asesinados durante los ataques, aunque los análisis académicos modernos señalan que las cifras fueron mucho más altas: si añadimos las muertes derivadas del maltrato tras los arrestos y los subsiguientes suicidios, la cifra podría alcanzar varios centenares. Además, más de 30.000 judíos fueron arrestados y encarcelados en campos de concentración. Los asaltantes destruyeron 267 sinagogas por toda Alemania, Austria y los Sudetes, y más de 7.000 negocios judíos fueron destruidos o dañados.

La Kristallnacht fue el evento más ampliamente informado de la historia de los judíos alemanes entre 1933 y 1945, a través de los informes de los periodistas extranjeros que trabajaban en Alemania, que enviaron oleadas de información a todo el mundo.

La situación de los judíos antes de noviembre de 1938

En los años 1920, la mayoría de los judíos alemanes estaban plenamente integrados en la sociedad alemana, como ciudadanos alemanes: sirvieron en el ejército alemán durante la Primera Guerra Mundial, y contribuyeron a cada ámbito de la vida social, cultural, política y económica alemana.

Las condiciones de los judíos comenzaron a variar tras el nombramiento de Adolf Hitler como canciller, el 30 de enero de 1933. Desde el principio, el régimen de Hitler comenzó a introducir rápidamente las políticas antijudías, mientras la propaganda nazi señalaba a los 500.000 judíos que vivían en Alemania, apenas un 0,86% de la población total, como un enemigo que fue uno de los responsables de la derrota de Alemania en la Gran Guerra y en los subsiguientes desastres económicos que llevaron a la Gran Depresión de 1929.

A comienzos de 1933, el gobierno alemán introdujo una serie de leyes antijudías que restringían los derechos de los judíos alemanes para ganarse la vida, gozar una ciudadanía plena y el acceso a la educación. También se introdujo la Ley para la Restauración del Servicio Civil Profesional, de abril de 1933, que, por primera vez, introducía un “párrafo ario”, y que expulsaba a los judíos de la carrera funcionarial. Las Leyes de Nürnberg, de septiembre de 1935, despojaron a los judíos alemanes de su ciudadanía y prohibieron a los judíos casarse con alemanes no judíos.

Esas leyes tuvieron como resultado la expulsión de los judíos de la vida social, política y económica alemana. Muchos buscaron asilo en el extranjero, y cientos de miles de judíos emigraron. A medida que las cifras de judíos y gitanos que querían abandonar el país comenzaron a crecer, las restricciones contra ellos también crecieron, con muchos países reforzando sus normas de admisión de emigrantes. Para 1938 Alemania había entrado en una nueva fase radical de actividad antisemita.

Esta escalada tuvo un punto álgido en agosto de 1938, cuando el gobierno alemán decidió la expulsión de los extranjeros con permisos de residencia que debían renovarse, incluyendo a judíos nacidos en Alemania, pero de origen extranjero. Polonia declaró que no aceptaría a judíos de origen polaco desde finales de octubre. En la denominada Polenkation, más de 12.000 judíos de origen polaco fueron expulsados de Alemania el 28 de octubre de 1938, según órdenes de Hitler. Los deportados fueron transportados en trenes hasta la frontera polaca, donde los guardas fronterizos polacos los hicieron retroceder de nuevo a Alemania, en un estancamiento que duró días; 4.000 pudieron entrar en Polonia, pero los 8.000 restantes fueron forzados a mantenerse en la frontera, esperando el permiso para entrar en el país durante días.

Entre los expulsados de Alemania estaba la familia Grynszpan, judíos polacos que habían emigrado a Alemania en 1911. Su hijo Herschel estaba viviendo en París en esos momentos.

En la mañana del 7 de noviembre Herschel consiguió un revólver y se dirigió a la embajada alemana, donde intentó ver al embajador, aunque fue conducido a la oficina de Ernst von Rath, donde Grynszpan le disparó cinco veces. Von Rath era un diplomático profesional, que había expresado simpatías anti-nazis, en gran medida basadas en el tratamiento que los nazis daban a los judíos, y que estaba bajo investigación por parte de la Gestapo, por ser políticamente poco fiable. Grynszpan no hizo ningún intento de escapar de la policía francesa.

Al día siguiente, el gobierno alemán, como represalia, prohibía a los niños judíos asistir a las escuelas, suspendía las actividades culturales judías y prohibió la publicación de periódicos y revistas judías, incluyendo los tres diarios nacionales judíos en alemán.

El comienzo del prógrom

Von Rath murió de sus heridas el 9 de noviembre. Cuando se enteró de la noticia, Hitler estaba reunido con numerosos miembros clave del partido nazi, en la conmemoración del Putsch de 1923, que abandonó sin pronunciar su tradicional discurso, y fue sustituido por el Ministro de Propaganda Joseph Goebbels, que señaló que las manifestaciones no debían ser preparadas u organizadas por el partido, sino que debía surgir “espontáneamente”, pero que no debían ser obstaculizadas. Algunos historiadores han señalado que con esas palabras, Goebbels ordenaba a los líderes del partido la organización del prógrom. A pesar de todo, algunos dirigentes nazis mostraron su desacuerdo con las acciones de Goebbels, ya que temían las crisis diplomáticas que podía provocar.

La madrugada del 10 de noviembre, Reinhard Heydrich envió una circular secreta a la Sicherheitspolizei (Policía de Seguridad) y a las SA, que contenían instrucciones referentes a los disturbios: protección de los extranjeros y de los negocios y propiedades no judías. La policía fue instruida para que no interfiriese en los alborotos, a menos que esas directrices fuesen violadas. La policía también recibió instrucciones para hacerse con los archivos de las sinagogas y oficinas comunitarias judías, y para el arresto de “hombres judíos sanos, que no sean muy viejos”, para su eventual traslado a campos de concentración o de trabajo.

Durante los disturbios fueron destrozados los escaparates de más de 7.500 tiendas y negocios judíos. Aunque la violencia contra los judíos no había sido aprobada por las autoridades, hubo muchos casos de judíos que fueron asaltados y golpeados. Más de 1.400 sinagogas y salas de oración, muchos cementerios judíos, más de 7.000 tiendas, 29 grandes almacenes, etc., fueron dañados y, en muchos casos, destruidos. Más de 30.000 judíos fueron arrestados y enviados a campos de concentración, principalmente Dachau, Buchenwald y Sachsenhausen.

Tras los destrozos, la comunidad judía de Alemania fue multada con 10 billones de Reichsmarks, además de 40 millones de marcos para la reparación de las ventanas destrozadas.

Stolpersteine, en recuerdo de judíos asesinados en los campos de concentración

Las consecuencias

Tras el prógrom continuaron las persecuciones y los daños económicos infringidos a los judíos alemanes, e incluso sus negocios fueron saqueados. Fueron forzados a pagar la Judenvermögensabgabe, una multa colectiva de un billón de marcos por el asesinato de Von Rath, que fue impuesto mediante la confiscación obligatoria del 20% de todas las propiedades judías por parte del estado. Los seis millones de marcos de pagos de los seguros por las propiedades dañadas de la comunidad judía tuvieron que pagarse al gobierno alemán, como “daños a la nación alemana”.

El número de judíos que quería emigrar volvió a incrementarse: en los diez meses posteriores a la Kristallnacht abandonaron el Reich más de 115.000 judíos. Como parte de la política gubernamental, todos los bienes de los emigrados fueron confiscados por el estado.

La reacción de los alemanes no-judíos a la Kristallnacht fue muy diversa. Muchos espectadores se reunieron en los escenarios de los saqueos, la mayoría de ellos en silencio, como meros observadores, mientras los bomberos quedaron reducidos a evitar que las llamas se expandiesen por los edificios adyacentes. La extensión de los daños causados por la Kristallnacht fue tan grave que muchos alemanes expresaron su desaprobación por los hechos, y lo describieron como actos sinsentido.

En un artículo publicado en la noche del 11 de noviembre, Goebbels describía los hechos de la Kristallnacht como una consecuencia de los “saludables instintos” del pueblo alemán. Goebbels también se reunió con la prensa extranjera ese mismo día para explicar que la quema de sinagogas y los daños a las propiedades judías habían sido consecuencia de “manifestaciones espontáneas de indignación contra el asesinato de Herr Von Rath por el joven judío Grynspan”.

Incluso entre la base del partido la Kristallnacht provocó que muchos miembros rechazasen el antisemitismo que, anteriormente, podría haber sido aceptable para ellos, en términos abstractos, pero que no podían apoyarlo cuando lo veían en la práctica. Además, durante la Kristallnacht muchos responsables territoriales del partido, las SA y las Juventudes Hitlerianas se negaron a aplicar las órdenes, mientras expresaban su disgusto por lo que pasaba. Algunos nazis incluso ayudaron a judíos durante los disturbios.

A la vista de esa falta de apoyo por parte del público alemán, el Ministerio de Propaganda dirigió a la prensa alemana para que retratase a los oponentes de la política racial como desleales. La prensa también tenía órdenes de minimizar la Kristallnacht, describiendo los hechos generales a nivel local únicamente, con la prohibición de hacer descripciones de hechos individuales. En 1939 esta prohibición se extendió hasta prohibir informar de cualquier medida antijudía aplicada por el estado. Esta desaprobación por parte del público general quedó en evidencia a través del flujo de informes que lo señalaban, por parte de los diplomáticos que estaban de servicio en Alemania. Las autoridades nazis también constataron que el punto álgido de la oposición hacia sus políticas raciales fue alcanzado en ese momento, cuando según los informes la mayoría de la población rechazaba la violencia perpetrada contra los judíos: incluso la Gestapo informó del fuerte declive de las actitudes antisemitas por parte de la población.

La Kristallnacht también provocó una gran oleada de indignación internacional, y desacreditó los movimientos pro-nazis que se desarrollaban en Europa y los Estados Unidos. Muchos diarios condenaban la Kristallnacht, comparándola en muchos casos con los prógromos realizados en la Rusia zarista. Muchos gobiernos cortaron las relaciones diplomáticas con Alemania como protesta. Y el gobierno británico aprobó el programa del Kindertransport para niños refugiados. Así, la Kristallnacht marcó también un punto de inflexión en las relaciones de Alemania con el resto del mundo, y la opinión pública mundial se volvió en contra del régimen nazi.

La Kristallnacht transformó también la naturaleza de la persecución nazi de los judíos desde la represión política, económica y social hasta los ataques físicos, el internamiento en campos de concentración y el asesinato. Esto ha llegado hasta el punto de que algunos historiadores han considerado la Kristallnacht como el inicio del Holocausto.

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