La paradoja de la intolerancia y la extrema derecha

Karl Popper planteó la “paradoja de la tolerancia”. Por más paradójico que sea, defender la tolerancia exige no tolerar lo intolerable. Es decir, que cualquier movimiento que predique la intolerancia debe quedar fuera del marco legal, sin amparo al recurso a la “libertad de expresión”. La tolerancia no debe pasar necesariamente las ideas intolerantes, porque la tolerancia ilimitada puede llevar (ya lo ha hecho anteriormente) a la desaparición de la tolerancia.


Históricamente, las crisis económicas siempre han provocado el fortalecimiento del fascismo y la extrema derecha, fomentando el miedo y el racismo en momentos de mayor vulnerabilidad social. En esos momentos, la extrema derecha siempre ha sabido proporcionar una explicación, una causa, un “enemigo”, muy alejado de los verdaderos culpables de la crisis, pero muy cercanos socialmente: los inmigrantes, los sindicatos, los pobres, los partidos políticos, etc. Y es el miedo el que lleva a las clases populares a votar a la extrema derecha. El miedo y la ausencia de unas propuestas claras por parte de otros sectores políticos.

“Por más paradójico que sea,
defender la tolerancia exige
no tolerar lo intolerable”


Esta situación nos plantea algunas cuestiones. ¿Por qué algunos trabajadores apoyan a la extrema derecha? ¿Cómo puede la izquierda recuperar a los sectores populares?
El “sorprendente” auge de la extrema derecha por todo el mundo es un fenómeno sin igual, con una nueva apariencia, tras años de sobrevivir a la sombra, de carecer totalmente de acceso al poder y, lo que es más importante, de respaldo social.


Otro aspecto que ha provocado el surgimiento de la extrema derecha ha sido el aumento de las desigualdades, entre una población que se ha visto duramente golpeada por la crisis y sus consecuencias. Eso ha hecho aparecer una gran sensación de injusticia, que ha llevado a su radicalización política, y que ha inducido a muchos sectores trabajadores y desfavorecidos hacia un discurso que los impulsa a culpar a los “otros” de sus problemas, de la falta de apoyo del estado, del colapso del estado del bienestar.


Ante todo, la extrema derecha ofrece unas “soluciones” sencillas, fáciles de asumir. Los movimientos de extrema derecha han encontrado una narrativa sencilla: unos contra otros, los de aquí contra los de fuera, nosotros contra los otros. Esa narrativa se ha ido desarrollando y asimilando de forma colectiva en los últimos años. Se ha limitado a aceptar esa diferencia y explicar que “no se puede ayudar a todo el mundo”, y que para salir adelante lo que debemos hacer es protegernos de los “otros”.


El discurso del miedo a lo desconocido, a lo diferente, ha funcionado, funciona, y siempre funcionará, de forma que normalizamos la diferencia porque todos no podemos ser iguales, porque no hay recursos para todos, y no los vamos a perder nosotros para dárselos a otros. Permite, a los que perdieron la seguridad durante la crisis, volver a sentir un anhelo de esa seguridad que se les ofrece, porque llegará, como antaño, cuando nos unamos todos contra el enemigo común.

“Los movimientos de extrema
derecha han encontrado una narrativa sencilla:
unos contra otros”


Hasta hace relativamente poco tiempo, esos discursos xenófobos estaban liderados por partidos políticos o movimientos pequeños, minoritarios, pero que incitan una emotividad con su discurso que los grandes partidos tradicionales ya no pueden conseguir porque, en gran medida, han mantenido unos discursos que su audiencia considera ya obsoletos, sin ningún impacto en su conciencia. Como contrapunto a esta situación, esto ha provocado que los partidos tradicionales hayan asumido parte del tono y de las propuestas de esos discursos, intentando conseguir atraer de nuevo a los votantes más radicalizados, facilitando así su extensión social, y permitiendo que un discurso que había sido minoritario se vaya popularizando, que se vaya normalizando, que se vaya interiorizando.


Mientras la UE se obsesionaba con la austeridad, la extrema derecha ha seguido avanzando, convirtiendo Europa en un bastión neoliberal, incapaz de defender los derechos de sus ciudadanos, de su economía o su marco legal y jurídico, planteando acuerdos económicos que suponen la “venta” de su soberanía nacional y de su ciudadanía a los mercados, etc.


En un mercado laboral tan debilitado, con unos trabajadores que han perdido gran parte de sus derechos, que se han visto repetidamente precarizados por diferentes reformas laborales, y con un estado del bienestar totalmente mermado, esa situación económica ha provocado que los más desfavorecidos deban competir entre ellos, al tiempo que les han mostrado que el enemigo es el “otro”.


El ideario de la extrema derecha se ha transformado, se ha sacudido las viejas imágenes (aunque en España se han mantenido algunos elementos de lo más “rancio”) y han asumido distintas apariencias. Aunque se disfraza de modernidad, intenta usar políticas modernas contra la modernidad, y retornar a la sociedad a unas nociones más tradicionales de orden, basadas en un patriarcado a ultranza, en la “superioridad” nacional y la justificación (cuando no glorificación) de la violencia. A pesar de un mensaje tan rancio como obsoleto, la nueva extrema derecha, aparentemente, se ha “actualizado”, distanciándose de aspectos tales como el racismo “biológico” de los años 1930-1940: es inaceptable hacer comentarios sobre la raza o el color de alguien, y por eso se han centrado en costumbres, su religión, su forma de vestir, con el fin de aislarlos y hacerlos incompatibles con “nuestros” valores.


Hay que recordar que, a pesar de su discurso de “preocupación” por los barrios humildes y los “nacionales” pobres, ese obrerismo y esas preocupaciones son falsas, una mera fachada, una manera de hacer creer que el enemigo no es el sistema creado, que los precariza, sino del inmigrante que les quita el trabajo y las prestaciones.
Por tanto, exponiendo la cara real de las ideas de la extrema derecha, su xenofobia, sus planteamientos sociales, podremos mantener una auténtica defensa de la democracia. La extrema derecha se basa en planteamientos emocionales, viscerales, y debe combatirse con la razón, con la política práctica.

“El voto a la extrema derecha
no siempre viene generado por el odio,
sino también por el miedo a una sociedad cambiante”

El voto a la extrema derecha no siempre viene generado por el odio, sino también por el miedo a una sociedad cambiante, que excluye a determinados sectores sociales y precariza a los trabajadores. Si analizamos esos movimientos vemos que sus votantes no siempre conocen totalmente su ideología, o a sus dirigentes, y su capacidad para manipular esos sentimientos.


El avance de la extrema derecha en Europa es lento, pero inapelable, especialmente gracias a la crisis económica, y la presión del capitalismo, que han contribuido al empobrecimiento de amplios sectores sociales, que se han cebado en los más desfavorecidos, que ha provocado la precariedad de la juventud, y que ha hecho casi insalvable la brecha entre los pocos que tienen mucho y los muchos que tienen poco (o nada).


La vaguedad del programa político de VOX ha quedado demostrada en Andalucía, donde se presentó sin unas medidas específicas referidas a los problemas andaluces, sino con un programa generalista con el que se presentarán a cualquier convocatoria electoral, sean en el marco que sean. Se basa en principios como la defensa de la unidad de España, la antiinmigración, una política fiscal que beneficia a los más privilegiados, un fundamentalismo católico (y, por supuesto, antiaborto), junto a medidas claramente islamófobas, una apelación al machismo más rancio, un fuerte componente homófobo, la discriminación lingüística y una apuesta fundamental por el blanqueo de los crímenes del franquismo.


Los resultados de VOX en Andalucía han acabado con la ausencia de formaciones de extrema derecha en las instituciones españolas, algo que ya ha pasado en gran parte de Europa: han conseguido importantes resultados electorales, que les han llevado a controlar, hasta cierto punto y de formas diferentes, la agenda política de sus países en Polonia, Holanda, Italia, Francia, Hungría, Dinamarca, Suecia, Alemania, Austria, Grecia, República Checa, etc.


La extrema derecha en España siempre ha sido “bien vista”, aunque sea de lejos, por los partidos conservadores tradicionales. Y su surgimiento también les va bien, porque les permite, como han demostrado el PP o C’s, radicalizar un poco más su agenda política y aplicar medidas amparadas en ese proceso, disimulando el contexto de extrema derecha que esconden.


En España, la derecha tradicional se ha lanzado en brazos de los postulados de la extrema derecha rápidamente, al contrario de lo que sucede en el resto de Europa, donde esa derecha tradicional se ha negado, generalmente, a pactar con su propia extrema derecha. Pero en el caso español, a diferencia de Francia o Alemania, la derecha no tiene un núcleo democrático, sino que se ha basado en una versión mucho más rancia y nacionalista, centrada en la defensa de los intereses de “los suyos” y acabar con aquellos que atentan contra la unidad de España.


Muchas son las voces que han señalado al independentismo catalán como causa de la aparición de la extrema derecha, pero se trata de un planteamiento excesivamente simplificado. Para muchos españoles, el conflicto catalán no supone ninguna preocupación importante, enfrentados a otras más acuciantes, y por eso no puede servir como única explicación causal. Además, en otros países europeos, sin conflictos independentistas, también han visto el surgimiento de movimientos de extrema derecha.


Al mismo tiempo, la izquierda tradicional ha renunciado a sus postulados históricos, a sus referencias ideológicas y, en aquellos casos en los que gobernaban, han aceptado las políticas de austeridad que ha impuesto la UE y que, nuevamente, han favorecido únicamente los intereses de unos pocos. Desde el comienzo de la crisis, muchas personas consideran que los partidos de izquierda no han defendido sus intereses. Y ésta, por su parte, ha fracasado al buscar una visión internacionalista y antirracista. Es necesario construir algún tipo de alternativa de izquierda que se enfrente a la extrema derecha: deben buscarse soluciones a la crisis económica, pero también a la crisis de valores y promover la solidaridad mutua.


¿Cómo frenar la creciente xenofobia? En primer lugar, es necesario trabajar por el futuro, usando todos los recursos nuevos con los que contamos. Debemos esforzarnos para crear un nuevo discurso, una nueva narrativa conjunta, de todos. Hay que recuperar unas fuentes de información auténticamente fiables, y una reeducación que genere sociedades en un marco que les permita asumir los nuevos desafíos derivados de la globalización. Pero también es necesario hacer saber a la gente qué es realmente el fascismo y la extrema derecha, las conexiones con otros grupúsculos extremistas, cómo se organizan, como se financian, etc. Hay que evitar que aparezcan en los medios de comunicación controlando el discurso, los tempos, con un mensaje claro y unánime de condena, y no basándose sólo en los aspectos más superficiales de su narrativa. Y, sobre todo, es necesario que nos tomemos muy en serio la amenaza que representa, evitando su minimización o banalización.


En definitiva, no es suficiente con ignorar a estos grupos, esperando que sigan siendo grupúsculos minoritarios que acabarán por desaparecer. Debemos comprender cómo crecen, cómo se normaliza su presencia en el marco de la vida cotidiana, su discurso racista y xenófobo. Es decir, evitar que se normalice vivir con su ideología.

Otros artículos relacionados con el tema:
– El desmoronamiento moral de Europa
– La deriva autoritaria de Europa
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2 comentarios sobre “La paradoja de la intolerancia y la extrema derecha

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