El exilio republicano y la Maternidad de Elna

La Retirada

Entre el 28 de enero y el 12 de febrero de 1939, debido a la invasión de Catalunya por parte de las tropas franquistas, se produjo un éxodo republicano hacia Francia en el que más de 440.000 personas cruzaron la frontera de los Pirineos, en medio de la nieve y el frío. A medida que las tropas franquistas iban tomando Catalunya, se inició un éxodo masivo, en una huída desesperada en las carreteras catalanas que conducían hacia el norte, en medio del bombardeo continuo de la población en retirada. En el camino quedaban en las cunetas los recuerdos de toda una vida, abandonados durante la marcha.

Se trata del mayor éxodo de la historia de España: familias enteras con todas sus pertenencias, soldados que habían combatido en el Frente del Ebro y miembros de las Brigadas Internacionales que, por motivos políticos, no podían regresar a sus países de origen (italianos, alemanes, austriacos, sobre todo). En un informe del gobierno francés estimaba que, en marzo de 1939, entre los refugiados, había 170.000 mujeres, niños y ancianos, 220.000 soldados y milicianos, 40.000 inválidos y 10.000 heridos, aunque algunos historiadores han elevado las cifras de exiliados a casi medio millón de personas. La emigración hacia Francia se aceleró de forma importante durante el transcurso de la Batalla del Ebro y en los meses posteriores, en un movimiento de retirada, y se aceleró después de la caída de Barcelona. El cruce por las fronteras se hizo a través de Latour de Carol, Bourg Madame, Prats de Mollo, Le Perthus, Cerbère.

La acogida de los exiliados fue diferente, de un lugar a otro. En algunos lugares son bien recibidos, objeto de acciones de solidaridad, mientras que en otros son vistos con desconfianza, hostilidad y hasta racismo, en una Francia inmersa en una crisis económica y con el auge de una derecha reaccionaria dominada por fascistas y xenófobos. El exilio se convirtió, para el gobierno francés, en un problema económico y político.

Para la gran mayoría de estas personas, el exilio se convirtió en una tragedia personal de inmensas proporciones. En los campos franceses donde fueron internadas las personas fieles a la República vivían amontonadas, hambrientas, derrotadas física y moralmente, en condiciones muy precarias, sometidos a rutinas cotidianas absurdas que hacían que muchas personas se derrumbasen. Francia no estaba preparada para un drama humanitario de esas dimensiones y reaccionó tarde y mal: los campos de refugiados que se fueron organizando apresuradamente pronto se convirtieron en campos de concentración. De este modo, Argelès-sur-Mer, Sant-Cyprien, Les Barcarès, Rivesaltes… se convirtieron en testimonios de la desolación del naufragio del exilio republicano español, arrastrado por la corriente de la derrota. Y sus memorias nos recuerdan la angustia del hambre y la sed, la vida en los barracones y la falta de higiene, el frío del invierno, las epidemias de disentería, sarna, los piojos, las ratas, las pulgas, la humedad, los gritos de los guardias franceses, la separación de las familias, la falta de noticias…

“En la medida en que realmente pueda llegarse a superar el pasado, esa superación consistiría en narrar lo que sucedió” (Hannah Arendt, Eichmann en Jerusalén)

Elisabeth Eidenbenz y la Maternidad de Elna

Elisabeth Eidenbenz, una maestra suiza, llegó a Madrid como voluntaria de la Asociación de Ayuda a los Niños de la Guerra, parte del cuerpo de voluntarios suizos que se desplegó en 1937 para llevar a cabo tareas humanitarias, especialmente con niños y niñas, especialmente comedores sociales en Valencia y Madrid, pero también un servicio de evacuación infantil entre esas dos ciudades, mediante el Servicio Civil Internacional. Con la caída de la República, Eidenbenz se desplazó hacia Francia con las personas refugiadas, y fue testigo de primera mano de las duras condiciones de vida que existían en los campos franceses del Rosellón.

En esos espacios, las mujeres embarazadas tenían que afrontar muchas dificultades y peligros para dar a luz i conseguir que sobreviviesen las criaturas que llegaban a nacer: muchas madres morían en el momento del parto o perdían a sus hijos (se calcula que la mortalidad en el momento del nacimiento en esos campos estaba alrededor del 95%).

En estas condiciones, Eidenbenz consiguió restaurar un edificio de tres pisos medio abandonado, el castillo de Bardou, construido en 1900, en el municipio francés de Elna, así como los fondos necesarios para su restauración, que aportó la Asociación de Ayuda a los Niños de la Guerra. Además de la restauración del edificio, también consiguió la ayuda y complicidad de la Cruz Roja Internacional, que proporcionó a la Maternidad con alimentos y materiales necesarios para su funcionamiento. La escuela de enfermería suiza, cada seis meses, enviaba personal con formación sanitaria, y también recibieron ayuda de aportaciones personales de la población de la zona. El resto de actividades eran realizadas por las mismas madres de la Maternidad.

En la Maternidad, las mujeres conquistaron un espacio de vida y de confort, aunque fuese temporal, en medio de la desolación y la guerra. Durante el tiempo que estuvo en funcionamiento, Eidenbenz buscó y rescató de los campos del Rosellón a mujeres embarazadas y las llevó a la Maternidad, de forma que allí nacieron casi 600 niños, en las mejores condiciones posibles para ellos y sus madres. También se acogió a madres judías que huían de los nazis, y unos 200 bebés eran de origen judío. En noviembre de 1942 los alemanes ocuparon el sur de Francia y comenzaron su búsqueda de judíos, para deportarlos a los campos de exterminio. La Gestapo realizó frecuentes visitas e inspecciones a la Maternidad, ante la oposición de Eidenbenz.

Finalmente, las autoridades nazis clausuraron la Maternidad durante la Pascua de 1944, pero durante toda su existencia, se convirtió en una luz dentro de las tinieblas creadas por la guerra, el exilio, los campos de concentración, la persecución.

La Maternidad tras la guerra

Tras el final de la Segunda Guerra Mundial, el edificio que había albergado la Maternidad de Elna quedó totalmente abandonado y acabó medio en ruinas, y su historia fue casi completamente olvidada.

En los años 1990, el edificio fue adquirido por un artesano que ignoraba completamente su historia, aunque casualmente conoció a Guy Eckstein, de origen judío, uno de niños que habían nacido en la Maternidad, que le explicó su historia. Ambos iniciaron el proyecto de buscar a Elisabeth Eidenbenz y restaurar la memoria de la Maternidad.

En 2002, el alcalde del ayuntamiento de Elna, Nicolás García, nieto de republicanos españoles exiliados, consiguió que se le hiciese un homenaje a Elisabeth Eidenbenz; al final de su vida fue homenajeada y reconocida por instituciones internacionales pero, sobre todo, por las mujeres y bebés que vieron la luz en la Maternidad de Elna. En 2005, el ayuntamiento compró el edificio, lo restauró y museizó, hasta que, en 2010, abrió sus puertas como museo, para recuperar, difundir y mantener la memoria de la Maternidad, gracias al esfuerzo de muchas personas comprometidas con el proyecto.

La memoria de la Maternidad de Elna y de Elisabeth Eidenbenz ha de perdurar en nuestra memoria colectiva, porque es parte de nuestra historia y porque nos hace ver, de nuevo, que hechos como aquellos no se deberían repetir, a pesar de que vemos como tragedias similares se desarrollan otra vez ante nuestros ojos: los conflictos bélicos en todo el mundo, año tras año, destruyen sociedades, provocan éxodos masivos y causan la muerte de miles de personas. Debemos mantener vivo el espíritu de Elna, porque es parte de nuestra historia, y transmitirlo a las futuras generaciones como un ejemplo de acción humanitaria y de solidaridad en tiempo de guerra, violencia y muerte.

“Los que aún dicen en nuestros días que las cosas no fueron así, o que no fueron tan malas, defienden en realidad lo sucedido y estarían sin duda dispuestos a asentir o colaborar si un día aquello se repitiese” (Theodor Adorno, La educación después de Auschwitz)

Hoy en día estamos sufriendo una nueva ofensiva de los sectores más ultraconservadores de nuestra sociedad que está buscando, entre otros objetivos, el control de la memoria, para manipularla, para modelarla, para transformarla y que sirva a sus intereses: borrarla o, cuando no sea posible, alterarla, de manera que sea inofensiva, inocua y, podría decirse, casi “balsámica”. Que enmascare los delitos, que oculte a los perpetradores, que calme la inquietud. En definitiva, que explique una historia manipulada, llena de silencios, omisiones y tergiversaciones.

Por eso debemos continuar con nuestra lucha por el recuerdo, por la memoria de todas aquellas personas que fueron perseguidas y menospreciadas, que desaparecieron y fueron asesinadas, para evitar que caigan en el olvido, en la desmemoria, en la oscuridad. Debemos ser conscientes de la importancia de mirar hacia el pasado, no para añorarlo, sino para demostrar la necesidad que tenemos de conocerlo, algo que nos ayudará a entender el presente y nos permitirá preparar un futuro mejor para nuestra sociedad. Debemos esforzarnos para recuperar la historia de aquellos que son considerados los perdedores de la historia, de los que han sido silenciados. Es importante conocer lo que sucedió, saber las causas y las consecuencias que tuvieron para todos nosotros.

En la Maternidad de Elna, las mujeres conquistaron un espacio de vida en medio de la desolación de la guerra y el exilio, y soñaron que tenían un futuro para ellas y sus hijos e hijas, un futuro tejido de solidaridades, en un proyecto que atravesaba las fronteras físicas, administrativas e ideológicas.

Por todo eso, la Maternidad de Elna ha de perdurar en nuestra memoria colectiva, porque es parte de nuestra historia, de nuestro recuerdo, de nuestra identidad.

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