La matanza de Katyn. Una verdad incómoda

La matanza del bosque de Katyn es el nombre con el que se conoce a una serie de asesinatos masivos de ciudadanos polacos (oficiales del ejército, miembros de la policía, intelectuales, profesores, diplomáticos, artistas, investigadores, abogados, sacerdotes, etc.), llevada a cabo por la NKVD, la policía secreta soviética (Naródny Komissariat Vnútrennij Del, Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos), dirigida y orquestada por Laverenti Beria. Las matanzas se llevaron a cabo entre abril y mayo de 1940, tras la invasión de Polonia por parte de los soviéticos, poco después del inicio de la Segunda Guerra Mundial, y supusieron la eliminación de la élite social polaca, en menos de un año.

La propuesta oficial de ejecución de los oficiales polacos se realizó en marzo de 1940 por parte de Beria, y fue refrendada por Stalin y otros cinco miembros del Politburó soviético (Molotov, Voroshilov, Mikoyan, Kalinin y Kaganovich).

La cifra estimada de víctimas nunca se ha podido aclarar totalmente. Según las fuentes, se sitúan entre 20.000 y 25.000 personas, aunque la que se considera más aproximada es la de unas 22.000 víctimas.

Las ejecuciones se llevaron a cabo en el bosque de Katyn, en las prisiones de las ciudades de Kalinin, Jarkov y otros lugares próximos. El primer descubrimiento de una fosa en Katyn, cerca de Smolensk, fue lo que dio nombre a la matanza, aunque se llevó a cabo en diferentes puntos.

Del total de muertos, cerca de ocho mil eran miembros del ejército polaco que estaban prisioneros de guerra de los soviéticos; seis mil eran policías, y el resto eran civiles integrantes de la intelectualidad polaca presos bajo la acusación de ser saboteadores, espías, miembros de la aristocracia, dueños de fábricas, funcionarios públicos peligrosos, etc.

El contexto histórico

El Pacto de No Agresión germano-soviético (también conocido como Pacto Ribbentrop-Molotov, por el nombre de los dos ministros de Asuntos Exteriores firmantes), de agosto de 1939, contenía una cláusula secreta que establecía el reparto de Polonia entre ambas potencias, en el caso de un ataque alemán a Polonia. Éste se produjo el 1 de septiembre de ese año y, pocos días después, la Unión Soviética ocupaba la parte oriental de Polonia.

A partir de ese momento se crearon numerosos campos de prisioneros de guerra, que fueron usados para el internamiento de los polacos capturados por los soviéticos: los campos de Ostashkov, Starobielsk y Rozielsk fueron los más importantes, aunque hubo muchos más; el campo de Ostashkov albergó, sobre todo, a policías y funcionarios, mientras los otros dos fueron destinados a los oficiales.

El 5 de marzo de 1940, a propuesta de Beria, aprobado por Stalin y otros miembros del Politburó, Stalin firmó la orden de ejecución. En esa orden se especificaba que se trataba de activistas contrarrevolucionarios, y se les quitaban la consideración de prisioneros de guerra, por lo que quedaban a expensas de las decisiones arbitrarias de las autoridades soviéticas. La orden establecía que se trataba de elementos “permanentes e incorregibles enemigos del poder soviético” y se ordenaba a la NKVD a “juzgar” a los detenidos en tribunales especiales: sin la comparecencia del acusado, sin acta de acusación, sin defensa. Simplemente se les aplicaba la pena de muerte.

La extensión del concepto de los “activistas” llevó a que se incluyesen entre las víctimas a un gran número de miembros de la intelligentsia polaca, además de los policías y oficiales del ejército.

En el período entre el 3 de abril y el 19 de mayo de 1940, alrededor de 22.000 de esos prisioneros fueron ejecutados: cerca de 6.000 del campo de Ostashkov, 4.500 del de Kozielsk, 7.000 en la parte oeste de Bielorrusia y Ucrania, y 4.000 del campo de Starobielsk.

El descubrimiento del horror

Ya en 1942 algunos miembros de la Organización Todt que trabajaban en la zona fueron alertados por un campesino de que en los bosques había unas fosas. Los trabajadores dejaron allí una gran cruz en el lugar, y éste hecho quedó en el olvido.

Las fosas del bosque de Katyn, las primeras en ser descubiertas, fueron encontradas por el ejército alemán, en abril de 1943, cuando las tropas encontraron la gran cruz y una gran cantidad de huesos que salían del suelo y que un médico forense identificó como huesos humanos. Las primeras excavaciones realizadas en la zona demostraron que se trataba de una gran fosa común. Las unidades del Ejército alemán desenterraron allí 4.500 cuerpos.

Una de las fosas de Katyn

El descubrimiento de la matanza fue profusamente empleado por el Ministro de Propaganda nazi, Josef Goebbels, que anunció el descubrimiento de las fosas el 13 de abril de 1943, una noticia que se propagó rápidamente por todo el mundo, gracias a los esfuerzos propagandísticos nazis. Se convirtió en un instrumento para poner de relieve los crímenes del estalinismo y, al mismo tiempo, sembrar la discordia entre los aliados, incluyendo el gobierno polaco en el exilio, que rompió relaciones con el gobierno de Stalin.

El descubrimiento llevó a la intervención de la Cruz Roja polaca, con el permiso del gobierno nazi. Las investigaciones llevaron al descubrimiento de los cuerpos de aproximadamente 4.100 oficiales del ejército polaco que se habían dado por desaparecidos durante la ocupación soviética de la zona. Las autoridades nazis crearon una comisión de investigación, integrada también por siete representantes aliados, cinco del Eje y uno neutral (Suiza) para dar testimonio de la autoría de los atentados, que indicaban directamente a los soviéticos.

A muchas de las víctimas no se les quitó el uniforme, ni sus pertenencias o documentos personales, por lo que fue relativamente fácil establecer su identidad. Se llegó al caso de que muchas de las familias se enteraron del destino de sus familiares desaparecidos a través de las noticias de las autoridades alemanas.

Ante las pruebas, ninguno de los representantes internacionales, ni los Aliados, dudó de lo ocurrido, y la comisión de la Cruz Roja estableció que “está probada la responsabilidad soviética en la masacre”.

Stalin contraatacó señalando a la Gestapo como culpable de las matanzas. Pero sus declaraciones no sirvieron para aclarar dónde se encontraban los prisioneros polacos que estaban en manos soviéticas y que, a pesar de haber sido amnistiados en junio de 1941, no habían vuelto a sus casas.

A pesar de las evidencias, los Aliados prefirieron silenciar la matanza, para evitar deteriorar sus relaciones con la URSS, y difundir la versión manipulada, que afirmaba que la masacre había sido obra de la Gestapo alemana. La prensa británica y americana culpó a las SS de lo ocurrido, y criticó a los polacos por hacer responsables a los soviéticos.

A pesar de que tras la caída del bloque soviético se han encontrado más fosas, aún se desconoce dónde están enterrados los cuerpos de 7.000 de las víctimas.

Acaba la ocultación

Tras el final de la guerra se consumó la ocultación de los crímenes. La censura del régimen comunista polaco impuso una férrea censura sobre todo lo relacionado con la matanza: se impidió pronunciar el nombre de Katyn en público. Muchos de los familiares de los desaparecidos fueron represaliados: el hecho de tener un familiar asesinado en Katyn implicaba la automática sospecha por parte del régimen; algunos acabaron recluidos en campos de diversos territorios de la URSS, junto a millones de ciudadanos soviéticos inconformistas.

Al otro lado del Telón de Acero, ya en marcha la maquinaria de la Guerra Fría, algunos países reconocieron la autoría soviética sobre la matanza: Gran Bretaña, Estados Unidos, Canadá, Francia o el Vaticano, fueron algunos de ellos.

La Unión Soviética negó las acusaciones desde el principio hasta el gobierno de Gorbachov que reconoció que había sido la NKVD la responsable de la matanza y su encubrimiento, y entregó al gobierno polaco los documentos desclasificados, declarando que la matanza había formado parte de uno “de los graves crímenes del estalinismo”. En 1990, Gorbachov entregó a su homólogo polaco Jaruzelski la lista de fusilados y otros documentos, y se abrió una causa criminal. En diciembre de 1991 Gorbachov entregaba personalmente a Boris Yeltsin, su sucesor, la carpeta que contenía la carta de Beria a Stalin, y en 1992 Yeltsin entregaba el documento al presidente polaco, Lech Walesa. En 1993, Yeltsin, arrodillado en Varsovia, se disculpó ante el pueblo polaco y, dos años después, promovió la construcción de monumentos en memoria de las víctimas.

Los defensores de la versión soviética, sobre todo comunistas y nacionalistas rusos, afirman que la ejecución de los polacos fue una acción planificada de exterminio de la aristocracia y de judíos polacos, perpetrada por los nazis en 1941, y afirman que los documentos publicados desde 1990 son falsos y que fueron fabricados por sectores hostiles a la Unión Soviética, con el objeto de desacreditarla a través de propaganda difamatoria antirrusa.

A pesar de todo, las investigaciones iniciadas por el gobierno de Gorbachov en 1990 prosiguieron hasta 2004, cuando Vladimir Putin las frenó, en virtud de una disposición secreta de la Fiscalía Militar.

Sin embargo, en noviembre de 2010, la Duma rusa aprobaba una declaración sobre la tragedia de Katyn y sus víctimas, que afirmaba el horror y las persecuciones en masa de ciudadanos del propio país y de ciudadanos de otros países, incompatibles con el Estado de derecho y la idea de justicia. Al mismo tiempo, expresaba sus condolencias a todas las víctimas de las represiones y a sus familiares. En abril de ese mismo año se había dado ya un paso decisivo, cuando se pusieron en internet los archivos del caso, como un gesto deferencial hacia Polonia.

En abril de 2012, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos sentenció como crimen de guerra la matanza de Katyn, y no como genocidio, un delito que no prescribe y que, por tanto, aún podía ser investigado. En octubre de 2013 ese mismo tribunal condenaba a Rusia por no haber dado las facilidades necesarias para investigar adecuadamente la matanza.

En 2012 aparecieron evidencias que señalaban que el presidente norteamericano, Franklin Delano Roosevelt había ayudado a ocultar la autoría soviética, lo que equivalía a convertirse en cómplices de la misma.

Aunque ha habido algunos esfuerzos por investigar los hechos, la tragedia se ha mantenido como una sombra en las relaciones entre Rusia y Polonia. Muchos en Polonia están descontentos por la resolución rusa de archivar la investigación de la masacre, en 2004, y de la explicación rusa de que todos los oficiales soviéticos presuntamente implicados en las ejecuciones ya estaban muertos.

Así, aunque las autoridades rusas reconocieron el crimen, nunca han rehabilitado a las víctimas, se ha negado el acceso a los archivos y se han dificultado las investigaciones. Para Rusia, abordar este episodio supondría tener que hacer frente a su pasado y a los millones de víctimas que desaparecieron durante el estalinismo.

La matanza supuso una enorme pérdida para la sociedad polaca, porque gran parte de su élite, de los sectores más formados, más preparados, fueron asesinados. Esos actos marcaron para siempre la relación de los dos estados. La élite que aún sobrevivía fue prácticamente eliminada durante el levantamiento de Varsovia contra el Ejército alemán, en 1944.

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