La batalla y la memoria de Belchite (I)

Se cumplen 82 años de la sangrienta batalla de Belchite. Las ruinas del pueblo se convirtieron en un símbolo de la sinrazón de la guerra. Y se convirtió también en el primer intento a gran escala de conservación de ruinas de guerra en la Europa occidental.

El pueblo viejo de Belchite es uno de los mejores ejemplos de los efectos de la guerra contemporánea en una población. Belchite mantiene un paisaje desolado de techos hundidos, piedras mutiladas y paredes derruidas. Una cruz de hierro recuerda a la mitad de los caídos, y se erigió tras el final de la guerra, para recordar los hechos.

Tras el golpe de estado del 18 de julio de 1936 la zona del Campo de Belchite fue recorrida por grupos de falangistas, japistas (miembros de las Juventudes de Acción Popular) y la guardia civil. Estos grupos recorrieron los pueblos de la comarca deponiendo los ayuntamientos del Frente Popular y detuvieron a las personas de izquierda más importantes, que más tarde serían “paseados” o asesinados en las afueras de sus poblaciones. Se estima que en este proceso fueron asesinadas unas 170 personas en los pueblos de la comarca.

En Belchite fue detenido el alcalde socialista, Mariano Castillo, y su familia. Castillo se suicidó pocos días después, y su hermano y su mujer también fueron ejecutados. Junto a ellos se asesinó a políticos, maestros, campesinos, jornaleros, trabajadores, etc. Incluso fue asesinado Victorián Lafoz y Benedí, alcalde  de La Puebla de Albortón, puesto por los sublevados, que se opuso al fusilamiento de republicanos.

La batalla de Belchite

En junio de 1937, el Estado Mayor republicano preparó una serie de ofensivas, con el fin de aliviar la presión sobre el frente de Bilbao y evitar que cayese en manos franquistas. Tras el éxito de la batalla de Brunete, el general Rojo (jefe del Estado Mayor republicano durante la Guerra Civil), planeó una ofensiva, con un gran número de efectivos, a lo largo del frente de Aragón. El objetivo era realizar un avance rápido sobre Zaragoza, para tratar de ocuparla, y provocar un desplazamiento de tropas nacionales desde el Norte. Pero la ambiciosa operación no tuvo los resultados esperados.

Entre el 24 de agosto y el 6 de septiembre de 1937 se produjo la batalla de Belchite, dentro de la ofensiva del Ejército republicano destinado a la toma de Zaragoza y aliviar así la presión sobre el frente Norte. Se intentaba así evitar la caída de Bilbao y Santander, avanzando sobre Zaragoza con el objetivo de tomarla. Sin embargo, ese avance se detuvo en Belchite. El mando republicano, en lugar de ordenar rodear la bolsa de resistencia y proseguir el avance hacia la capital, se centró en acabar con esa pequeña bolsa.

La batalla, poco a poco, fue degenerando en una guerra calle por calle, casa por casa, que terminó con más de 5.000 bajas entre ambos bandos, y el pueblo quedó arrasado casi en su totalidad.

La operación republicana no sólo tenía razones de orden militar. El gobierno republicano estaba preocupado por la influencia de la CNT en el Consejo Regional de Defensa de Aragón, que en la práctica funcionaba como un gobierno casi independiente, y de las actividades de las columnas de milicianos de CNT y POUM en el frente de Aragón.

El plan republicano era atacar simultáneamente por tres puntos fundamentales y cinco secundarios, en dirección a Zaragoza, en una franja central de 100 km, entre Zuera y Belchite. La idea era crear una brecha entre ambas poblaciones, que obligase a los franquistas a centrar su atención en Zaragoza. Las tropas republicanas se dividieron en siete puntos diferentes, para dificultar el posible contraataque franquista, y ofrecer el menor blanco posible a los ataques aéreos.

El Ejército republicano estaba formado por unos 80.000 hombres, del recién formado Ejército del Este, y las XI y XV Brigadas Internacionales. Al mando de Karol Swierczewski (“Walter”) estaba la 35ª División, que incluía la XV Brigada Internacional (americanos, canadienses y británicos). También contaba con unos 75 aviones y un centenar de carros.

En los sectores norte y centro del frente sólo se ocupa terreno vacío. En el frente sur caen en manos del ejército republicano las poblaciones de Quinto, Mediana y Codo, el 26 de agosto, aunque las tropas republicanas de la 11ª División (mandada por Enrique Líster) y de la 24ª División tardan varios días en reducir algunos de los núcleos de resistencia del ejército sublevado, y se va deteniendo el avance hacia Fuentes de Ebro.

El punto máximo del avance republicano lo alcanza la 45ª División Internacional, mandada por Emilio Kléber, que llegó a seis kilómetros de Zaragoza, aunque no lograron lanzar un ataque sobre ella. Mientras, la 11ª y 35ª División se dedicaron a eliminar el foco de resistencia de Belchite, en torno al cual se habían congregado entre 4.000 y 7.000 resistentes franquistas (regulares y falangistas), dirigidos por el comandante y alcalde de la población Alfonso Trallero.

Los primeros combates en torno a Belchite se produjeron el 24 y 25 de agosto, y el 26 quedó completado el cerco de la población. Los grupos de franquistas, en fortificaciones improvisadas, con varios nidos de ametralladoras, aprovecharon los edificios para instalar un dispositivo de defensa con barricadas para retrasar el avance republicano que intentaba eliminar la bolsa. Las tropas franquistas estaban bien abastecidas para resistir un largo asedio. Las tropas republicanas no podían permitirse un largo asedio porque dificultaba el avance del frente de Aragón, y por eso decidieron asaltar la ciudad.

El 30 de agosto, las tropas franquistas intentaron un ataque desde Zaragoza para socorrer a Belchite, pero fueron detenidas por la 45ª División de Kléber, que no logró evitar que la localidad cayera en poder del Ejército Popular de la República.

El asalto final a Belchite se encargó a la XV Brigada Internacional. Entre el 31 de agosto y el 4 de septiembre se atacó sistemáticamente el casco urbano, y fueron cayendo los últimos reductos franquistas. En la madrugada del 5 al 6 de septiembre, los últimos defensores que resistían en el ayuntamiento, intentaron la huida desesperada; unos trescientos consiguieron cruzar las líneas republicanas, y unos ochenta llegado a las líneas franquistas en Zaragoza.

Esta primera batalla de Belchite fue utilizada con fines propagandísticos, por los dos bandos. El bando republicano destacó la toma de una posición cercana a Zaragoza. Los golpistas resaltaban la resistencia de sus fuerzas, que había frustrado la ofensiva sobre la capital de Aragón.

La segunda batalla se produciría en marzo de 1938, cuando las tropas franquistas llevaron a cabo la reconquista de Belchite, mientras las posiciones republicanas en el frente comenzaban a desmoronarse, lo que dio paso a la tregua en ese frente. En ambos casos, se trató de batallas por un control de un pueblo de escaso valor estratégico, pero alta carga simbólica.

Tras la ocupación por las tropas franquistas, los izquierdistas y sus familiares son internados en “la pequeña Rusia” o fusilados.

La destrucción de Belchite es una muestra de lo que fue la Guerra Civil española: unos 5.000 muertos y más de 6.000 heridos.

La postguerra: Belchite “adoptada” por Franco

Las ruinas del pueblo permanecieron sin restaurar, por expreso deseo del dictador Franco, que quería mantenerlo como un recuerdo para las generaciones venideras, de la “barbarie roja”.

La ley de 23 de septiembre de 1939 determinaba que todas las poblaciones que hubieran sufrido una destrucción del 75% serían “adoptadas por Franco”. En esa categoría quedaron Belchite y Teruel, por el decreto del 7 de octubre, y fueron las dos primeras localidades en recibir esa distinción. El 7 de octubre de 1945 se confirmó el régimen especial de Belchite.

El 12 de octubre de 1939, Franco firmó un decreto en el que concedía los títulos de Muy Noble, Leal y Heroica Villa, y la distinción de la Cruz Laureada de San Fernando al pueblo de Belchite. También se ordenó que se abriese un expediente para la concesión a sus defensores, colectivamente, de la Cruz Laureada de San Fernando, en reconocimiento del patriotismo y valor de los paisanos de Belchite.

El régimen franquista decidió no reconstruir el pueblo y dejarlo como símbolo de la “victoria Nacional” y prueba de la “barbarie roja”. Y para ello se prohibió cualquier obra de mejora o restauración, y se emprendió la construcción de un nuevo pueblo, que pasó a denominarse “el nuevo Belchite”, frente al que pasó a denominarse “el viejo Belchite”.

Belchite, convertido ya en un símbolo de la Victoria fascista, pasó al período de reconstrucción. El coste de la misma fue asumido por la administración y también fue financiado a través de numerosas donaciones particulares.

En junio de 1939 se decretó la prohibición de ejecutar obras de reparación en los edificios dañados por la guerra. En abril del año siguiente se publicaba un artículo que manifestaba la intención de no proceder a la reconstrucción del pueblo y reconstruir una nueva trama urbana, un nuevo pueblo. La intención era escenificar el símbolo de dos épocas y de dos sistemas políticos diferentes: “(…) junto al montón de ruinas que sembró el marxismo como huella inequívoca de su fugaz paso, el monumento alegre de la paz que la España de Franco edifica”.

A finales de mayo de 1940 se puso la primera piedra del pueblo nuevo, con la presencia de Ramón Serrano Suñer, Ministro de la Gobernación. El nuevo pueblo se inauguró en 1954, con presencia del dictador. A partir de entonces comenzó a acoger a vecinos que, hasta aquellos momentos, habían residido en las viejas casas dañadas por la guerra y en los pabellones del campo de concentración “la pequeña Rusia”.

No fue hasta 1964 que fueron realojados todos los vecinos del pueblo.

Aunque estaba expresamente prohibida la reparación de los daños de guerra, algunos vecinos emprendieron trabajos de rehabilitación en sus viviendas y otros edificios. El pueblo viejo fue, poco a poco, despojado y derruido: se recogió la munición, los elementos de chatarra, maderas, elementos de cantería, etc., que habrían de servir para otras construcciones que se realizaban en el pueblo nuevo o para labores en el campo. En realidad, lo que había decretado el franquismo fue el abandono del lugar, no su conservación, lo que acabó dando a sus ruinas un significado muy distinto del que le había reservado la dictadura.

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