El franquismo contra los homosexuales: la represión del colectivo LGTBI

La represión franquista contra lo que hoy conocemos y denominamos como colectivo LGTBI no ha sido conocida en toda su extensión, teniendo en cuenta que se trata, probablemente, de uno de los episodios más sórdidos y siniestros de la dictadura.

Hoy en día, la homosexualidad aún está penada con la muerte y la prisión en muchos países del mundo. Pero muchas veces se olvida que no hace tantos años que, en la mayoría de países de Europa, incluida España, también se los perseguía y encarcelaba. Y este hecho es casi desconocido para nuestra sociedad, algo que se tiende a olvidar o esconder.

La represión franquista

Aunque durante la Guerra Civil no se produjo, hasta donde sabemos, una persecución abierta de los homosexuales, sí que se convirtió en un factor de maltrato, encarcelamiento e, incluso, la ejecución. Un ejemplo de ellos fue el de Federico García Lorca, que fue ejecutado por “rojo y maricón”, según justificó el jefe del grupo que lo detuvo, Ruiz Alonso.

Los hermanos Federico García Lorca y Francisco García Lorca

Tras la guerra, el régimen franquista se centró en la represión de la oposición política, dejando de lado a los homosexuales. El régimen no modificó el Código Penal hasta 1944, aunque no se introdujo la homosexualidad como delito, pero sí se establecía la “corrupción de menores” para actos sexuales con jóvenes entre 13 y 23 años, si se realizaban con violencia o en el ámbito militar. Sin embargo, las redadas, justificadas y amparadas en el concepto del “escándalo público”, “actos contrarios a la moral”, etc., servían para reprimir cualquier expresión diferenciada de las que marcaba la ideología del nacionalcatolicismo.

Desde el final de la Guerra Civil, la dictadura franquista extendió sus redes para controlar y moldear la vida cotidiana y privada de la sociedad, investigando la orientación sexual de sus ciudadanos.

La homosexualidad fue considerada por el régimen franquista como un ataque contra la estricta moralidad de la sociedad española, tal como la entendía, una afrenta contra las esencias del pueblo español, contra el espíritu del nacionalcatolicismo. Esta ideología, marcada por la mojigatería, la hipocresía y la censura, generó un ambiente en que a los homosexuales les resultaba muy difícil establecer espacios propios de articulación social.

Desde el punto de vista religioso, la homosexualidad se relacionaba con una sexualidad pecaminosa, y desde el punto de vista más conservador era una sexualidad no reproductiva; se consideraba izquierdista y, en general, de “rojos, ateos y desviados”. En esta sociedad, en que la palabra “maricón” se convirtió en el insulto por excelencia, no hacía necesaria la puesta en marcha de una persecución activa: la autocensura y el control social eran más que suficientes.

Ya desde el período de Alfonso XIII se mantuvo una distinción entre la homosexualidad pobre y la rica. Los homosexuales más destacados en la ideología izquierdista o los pobres tuvieron que exiliarse o fueron encarcelados y maltratados. Sin embargo, entre los homosexuales de los sectores conservadores y bienestantes, el régimen mantuvo una postura de silencio (del “armario”), con la posibilidad de recurrir a chaperos, siempre que mantuviesen su orientación sexual oculta.

El control sobre la sociedad generó un clima social en que los homosexuales fueron sometidos al miedo, la represión y la clandestinidad. Pero también hubo otro control, el legal, a través de normas como la “Ley de Vagos y Maleantes” (una ley procedente de la República, pero que fue adoptada y modificada por el franquismo en 1954), que permitía la persecución de esos comportamientos. Esta ley fue substituida, en 1970, por la “Ley de Peligrosidad y Rehabilitación”, que establecía penas de internamiento en cárceles o manicomios. Además, el Código Penal establecía el delito de “escándalo público”, que sirvió extensamente para la represión de la homosexualidad, y que se mantuvo en vigor hasta 1995.

El Código Penal español que castigaba la homosexualidad fue derogado en abril de 1931 por la Segunda República, y en el nuevo Código aprobado en 1932 no se mencionaba como delito, lo que legalizaba esas relaciones (excepto en el ejército, que siguió manteniéndose). A pesar de todo, la homosexualidad se mantuvo como un tabú durante toda la etapa republicana.

Todo el sistema de represión del “sexualmente desviado” tuvo una gran aliada en la Iglesia católica, que veía a ese colectivo como un grupo al que había que castigar y reprimir, para conseguir modificar sus conductas “impuras” y pecadoras. También el sistema médico, especialmente la psiquiatría, los calificó como enfermos mentales, y se ordenó su internamiento en manicomios, donde recibían tratamientos que provocaron graves secuelas físicas y psicológicas a esas personas. Las consecuencias de la ideología planteada por “médicos” como Antonio Vallejo-Nájera se tradujeron en cárceles, manicomios, tratamientos crueles, persecuciones sociales y policiales, etc., que conllevaron la cárcel, el destierro o, incluso, la muerte, para miles de personas. Vallejo-Nájera consideraba que las personas homosexuales y lesbianas significaban una demostración de la progresiva degeneración de la “raza”. Diagnosticaba la homosexualidad como una “enfermedad mental” que asociaba con las ideas marxistas. Así, el marxismo era una enfermedad mental que, entre otras cosas, generaba también la homosexualidad.

Las estimaciones sitúan entre 4.000-5.000 personas encarceladas, acusadas de tener comportamientos homosexuales. Sin embargo, este número es sólo una aproximación, porque los documentos y los historiales están dispersos por los distintos centros de detención, y porque en muchos casos la condena alegaba prostitución, en lugar de homosexualidad, como delito.

Pero el régimen también utilizó otros centros de internamiento para “curar” y “corregir desviaciones”, en los que internaba a personas acusadas de ser un “peligro social”. En estos centros “irregulares”, los detenidos sufrían vejaciones, malos tratos, violaciones, deportaciones, trabajos forzosos, etc.

Los homosexuales no sólo tuvieron que soportar la represión policial y estatal, sino también una fuerte presión social, que utilizaba un lenguaje denigrante, despectivo, y que los calificaba de pederastas, “violetas”, invertidos, degenerados, enfermos, desviados, etc.

En general, se buscó la seguridad que proporcionaba el silencio y la invisibilidad, y se fue generalizando el miedo. A pesar de eso, en las grandes ciudades como Barcelona y su Barrio Chino, la extensa pobreza de la postguerra provocó el crecimiento de la prostitución, tanto masculina como femenina, con la connivencia, incluso, de la Guardia Civil.

Para algunos homosexuales, el matrimonio se convirtió en la única opción para pasar desapercibidos y sobrevivir. Esto les proporcionaba una apariencia de normalidad y les permitía llevar una vida paralela. O también estaban aquellos que se engañaban a sí mismos y pensaban que podrían revertir su homosexualidad mediante el matrimonio.

La represión de la homosexualidad se incrementó a partir de comienzos de los años 1950, al mismo tiempo que decrecía en parte la de los delincuentes políticos. A partir de la introducción de la homosexualidad en la “Ley de Vagos y Maleantes”, los denominados “violetas” comenzaron a ser abiertamente perseguidos. La ley establecía su internamiento en “establecimiento de trabajo o colonia agrícola”, que se pueden considerar como auténticos campos de concentración, como el de Tefía, en Fuerteventura. También se crearon dos penales (Badajoz y Huelva) para el internamiento de los homosexuales, aunque en algunas cárceles había zonas reservadas, como en La Modelo de Barcelona o Carabanchel en Madrid, donde se llegó a que los funcionarios prostituyesen a los internos. En estos centros comenzó la aplicación de tratamientos “modernos” para intentar curar la homosexualidad.

En el caso de las mujeres lesbianas, no se les incluyó explícitamente en la “Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social”, pero eso no significó que no fuesen reprimidas. Muchas de ellas acabaron en hospitales psiquiátricos, donde se les aplicaban sistemas de supuesta “curación”. Internarlas en esos centros era otra forma de encarcelarlas, de expulsarlas de la sociedad. En general, la mayor parte de las condenas por lesbianismo, una práctica que la posición ideológica del régimen no concebía, estaban ligadas también a la militancia política de las acusadas.

La diferencia en la represión de los hombres y las mujeres se basó en que el hombre era reprimido principalmente por la policía y los tribunales, mientras que a la mujer la reprimía la familia, apoyada por el Estado y la sociedad. Es decir, se aplicaba la ley a los hombres porque eran los que podían acceder al espacio público, donde las mujeres tenían una presencia mucho menor. Las propias familias de las mujeres denunciaban sus “conductas anómalas” y las canalizaban hacia órdenes religiosas, centros psiquiátricos o el Patronato de la Mujer (que, en teoría, se dedicaba a la rehabilitación de prostitutas). Es decir, que, aunque era más invisible, la represión a la mujer fue enorme: los hombres pasaban por un juicio en el que (con pocas garantías, evidentemente) tenían acceso a una defensa. Las mujeres eran internadas automáticamente en esas instituciones.

La situación comenzó a cambiar en los años 1960, con una relativa apertura, debido a influencias procedentes de Europa, y se estableció una cierta permisividad, aunque el régimen aún mostraba su rostro más duro a través de las redadas contra esos ambientes “más relajados”. Comenzó a florecer, de forma clandestina, especialmente en las grandes ciudades, una cultura homosexual, que también se desarrolló, especialmente, en las zonas turísticas, en zonas menos conservadoras, como Ibiza o Sitges.

Pero fue también a mediados de esa década que el régimen cambio su visión sobre la homosexualidad. Anteriormente, ésta se basaba en la ideología moralista y religiosa, que entendía la homosexualidad como una degeneración que se podía “curar” con represión y oración. A partir de este momento se asumieron las teorías pseudocientíficas y médicas para la posible “curación” de la homosexualidad.

A partir de los años 1970, los sectores de oposición al franquismo comenzaron a asumir también algunas de las reivindicaciones del colectivo homosexual. Pero también se introdujo la “Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social”, que comenzaba a enfocar la homosexualidad desde el punto de vista del “tratamiento” y “curación” de una enfermedad. Entre tanta represión, el activismo y defensa de los derechos homosexuales se fue haciendo cada vez más fuerte. La pelea por la visibilidad y contra la homofobia acabó por eliminar de los manuales de psiquiatría los complejos contra la homosexualidad.

En 1970 nació en Barcelona, de la mano de Francesc Francino y Armand de Fluvià, el Movimiento Español de Liberación Homosexual (MELH), que sería la primera organización clandestina de defensa de los derechos homosexuales en España. A pesar de que consiguieron editar un boletín (Azhois), el grupo tuvo que disolverse en 1974, como consecuencia del constante acoso policial. Sin embargo, sería el germen del posterior movimiento de defensa de los derechos del colectivo LGTBI.

La memoria olvidada

La resistencia contra el movimiento de normalización de la homosexualidad no sólo llegó desde la Iglesia católica, sino también de algunos sectores izquierdistas, que veían con preocupación a grupos sociales que “no atiende en ningún caso a los modelos de convivencia mayoritariamente aceptados como modelos sociales positivos”, como declaró en una entrevista Enrique Tierno Galván.

La memoria de la represión de la homosexualidad no ha sido reivindicada hasta hace relativamente pocos años, al contrario que la de otros grupos fue también fueron reprimidos, como los presos políticos, que comenzaron a reivindicar sus memorias ya durante la Transición. En el caso de la homosexualidad no se ha hecho debido a la fuerte homofobia social, y por el sentimiento de culpa que muchos de ellos aún tienen. Y tampoco sus familias han sido capaces de reivindicar esa memoria.

La antigua cárcel de Huelva fue declarada como Lugar de Memoria Histórica de Andalucía en 2014, y se señalizó como tal. Hoy está llena de basura.

La antigua cárcel de Badajoz acoge hoy el Museo Extremeño e Iberoamericano de Arte Contemporáneo.

La antigua prisión de Tefía (Fuerteventura) es ahora un albergue, con un monolito que recuerda la lucha de aquellas personas que fueron perseguidas por su orientación sexual.

Estos centros deberían transformarse en espacios de memoria dignificados, de divulgación y educación para saber más sobre la historia del colectivo LGTBI. Pero, como ya ha pasado con lugares como la prisión de Carabanchel, parece que nuestros gobiernos prefieren el olvido al recuerdo de los crímenes del franquismo.

Algunas reflexiones finales

La historia de la homosexualidad durante el franquismo es la historia de personas que fingieron ser lo que no eran, la historia de su sufrimiento, del amor y la mentira que se vieron obligados a vivir. Pero también se trata de una memoria silenciada: la gente de muchas generaciones no ha escuchado nunca ni una palabra sobre esta historia de vidas truncadas, y de los esfuerzos de aquellos que perdieron tanto, incluso la vida, para conseguir los derechos y libertades que hoy, nuevamente, vemos atacados. Esta memoria es un viaje a un tiempo oscuro y amargo, pero que es necesario recuperar.

Prácticamente no se ha conservado documentación sobre los campos de concentración, por lo que se ha convertido en una historia de olvido, que sólo se recuerda a partir de las memorias de aquellos que pasaron por esos centros.

El destino de estas personas ha sido silenciado, invisibilizado. Por eso, necesitan que se les haga justicia. A pesar de lo mucho que se ha hablado de la represión franquista en el cine o la literatura, muy poco se ha tratado este tema. Pocos han intentado destapar el destino que sufrieron los homosexuales en la España franquista y ultracatólica.

Aunque existe una bibliografía más o menos extensa sobre la represión de la homosexualidad, se trata de trabajos de carácter general. Queda un amplio campo de estudio y análisis, pero es muy difícil encontrar documentación y, aún más, a personas que quieran dar testimonio de la represión que sufrieron por su orientación sexual, especialmente entre las mujeres. Las personas que vivieron esa época escondiendo su sexualidad no quieren hablar del tema, y siguen ocultándola.

Incluso ahora, muchos sectores sociales se sienten incómodos afrontando la homosexualidad, lo que demuestra el daño a largo plazo que hizo el franquismo. Seguimos dando por sentado que los derechos de ese colectivo están asegurados, sobre todo entre las generaciones más jóvenes, pero nada más lejos de la realidad. En los últimos años estamos viendo un retroceso en esos derechos y el resurgimiento de las posturas más intolerantes. Por eso hay que explicar esa historia, porque si se olvida, se repite. Esto lo demuestra el hecho de que el obispado de Alcalá organice talleres para “curar” la homosexualidad, con pseudo-terapias clandestinas que hacen que las personas homosexuales desarrollen aversión hacia sí mismas. La Iglesia fue, en gran medida, responsable de la marginación que sufrieron los homosexuales, pero también de la que sufren en la actualidad, debido a su posicionamiento ideológico.

Artículo publicado en ElEstado.net, el 13 de septiembre de 2019

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